La labor como secretario de salud de Robert F. Kennedy Jr. tiene muy entretenidos a los estadounidenses. Su última política es declarar la guerra a los psicofármacos. Quiere reducir su prescripción, al considerar que se usan en exceso. Se estima que los toman uno de cada seis adultos, unos 45 millones de personas, y uno de cada diez menores. Muchas de esas personas, así como médicos, se han echado a temblar, dada la poca autoridad de Kennedy en los temas que dirige.Pastillas del antidepresivo Prozac Darren Staples / ReutersEs comprensible que el ministro se preocupe porque tantos compatriotas tomen medicamentos antidepresivos y contra el TDHA, sobre todo. En una información de The Washington Post, hace unos días, muchos lectores en los comentarios decían que se medican desde hace 10, 20, hasta 30 o más años. En España no estamos mejor. Se estima que alrededor del 10% de la población adulta toma ansiolíticos, antidepresivos o hipnosedantes, sobre todo, las mujeres y las personas de edad avanzada, pero también, cada vez más, los jóvenes.Kennedy no parece el más indicado para buscar soluciones a un problema tan complejo como la sobremedicaciónEs un problema de gran calibre. La cuestión es cómo afrontarlo. Muchas veces, porque se ha abordado repetidamente el asunto, los especialistas han señalado que el mejor tratamiento de las patologías mentales es combinar psicoterapia y medicación. Y ahí se choca con la realidad: estas dolencias requieren habitualmente tratamientos largos; la psicoterapia resulta cara, la que ofrece la sanidad pública no suele ser suficiente y muchos pacientes no pueden pagársela (ni aquí ni en EE.UU). Los fármacos funcionan en muchos casos. Es cierto que hay recetas que se van alargando; que muchos expertos creen que se medicalizan en exceso aspectos del malestar cotidiano y que hay pacientes que no querrían tomar estos medicamentos, pero les ayudan a sentirse mejor. El Ministerio de Sanidad español y las autonomías acordaron el año pasado un plan para afinar más en la receta y buscar alternativas a esta medicación, sin resultados conocidos.Las instituciones de EE.UU., por capacidad, por investigación, por expertos podrían aportar guías para un uso más adecuado de los psicofármacos (la Sociedad de Psicofarmacología ya ha trabajado en el último año en la desprescripción reduciendo el efecto de la adicción). Pero Kennedy no parece el más indicado para buscar soluciones a un problema tan complejo. Ya ha demostrado en otros asuntos que hilar fino o los criterios científicos no son lo suyo (ahora ha ligado los psicofármacos a los tiroteos masivos y señalado, aunque los estudios no lo corroboran, que si las embarazadas toman antidepresivos pueden dañar los fetos y llevar a niños con autismo). Aseguró que no quitará la medicación a nadie, pero psiquiatras y psicólogos y sus organismos oficiales le han recordado que puede haber sobreprescripción, pero, a la vez, hay infratratamiento. Se teme que una política restrictiva de la medicación lleve a más enfermos a vivir sin terapia alguna. Lectores del Washington Post ya advertían que si se limitan las recetas aumentarán el consumo de drogas y los suicidios.Redactora jefe de Opinión. En La Vanguardia desde 1989, ha escrito sobre Barcelona, salud y otras áreas en Vivir, Sociedad y Magazine