Ciudad de México / 17.05.2026 22:43:00
En el futbol mexicano hay proyectos que llegan escoltados por reflectores, fichajes de portada y promesas envueltas en papel brillante. Y hay otros que llegan cargando dudas. El de Efraín Juárez pertenecía al segundo grupo.Porque siendo honestos, al inicio del torneo no eran muchos los que apostaban por este Pumas. Había demasiado ruido alrededor y pocas certezas. El club atravesaba un reacomodo interno importante: salió Miguel Mejía Barón, una figura histórica dentro de la institución; llegó Antonio Sancho; Eduardo Saracho dejó el proyecto y la estructura universitaria empezó a moverse mientras el equipo intentaba construir algo dentro de la cancha.No era precisamente el contexto ideal para pedir paciencia. Y luego llegó el mercado. Pero no llegaron las bombas.Llegó Juninho Vieira, delantero brasileño procedente de Flamengo, con una etiqueta incómoda: ni siquiera era titular habitual. Arribó Jordan Carrillo, un futbolista joven todavía buscando consolidarse. Robert Morales apareció desde Toluca intentando recuperar protagonismo. César Garza regresó desde el futbol europeo cedido por Monterrey. Antonio Leone llegó también a préstamo. Jesús Rivas volvió después de su paso por Puebla.En una liga acostumbrada a enamorarse del nombre antes de conocer la historia, Pumas armó un equipo que parecía hecho más de interrogantes que de certezas.Y ahí empezó la película. Porque mientras afuera se hablaba de lo que faltaba, Efraín Juárez trabajaba con lo que sí tenía. Futbolistas con necesidad de revancha.Jugadores buscando minutos, identidad, espacio y una segunda oportunidad. Eso también es material para construir equipos. Solo que no siempre genera titulares.Hubo dudas. Claro que las hubo. Hubo quienes vieron un proyecto corto, una plantilla limitada y una apuesta demasiado arriesgada. Porque el futbol mexicano tiene una relación curiosa con el tiempo: pide procesos, pero rara vez los concede.Dos malos partidos y ya aparece el funeral. Tres jornadas irregulares y alguien empieza a redactar el acta de defunción.A Efraín le pasó. Su proyecto fue observado con escepticismo desde el principio. Y quizá por eso lo que ocurre hoy tiene tanto peso. No porque Pumas se haya convertido de repente en un equipo perfecto o en un gigante imposible de vencer. No. El mérito está en otro lado.Está en que sobrevivió. En que resistió cuando muchos ya estaban listos para escribir el final. Porque hay algo profundamente humano en esta historia: la reconstrucción.La de un entrenador joven intentando validar una idea. La de futbolistas que llegaron sin aplausos buscando reivindicarse. La de un club que decidió moverse internamente mientras afuera se preguntaban si alcanzaría.Y en medio de todo eso aparece el personaje.Porque Efraín Juárez nunca ha sido alguien diseñado para pasar desapercibido. No es el técnico solemne de frases vacías y respuestas de manual. Tiene intensidad, personalidad, una energía que incomoda a algunos y contagia a otros.Él mismo lo dice: “Donde está Efraín, hay película”. Y sí. La hay.La película del técnico al que muchos no compraron al inicio del torneo. La del proyecto que nació entre cambios institucionales y refuerzos sin cartel.La del equipo que parecía construido con piezas sueltas y terminó encontrando una narrativa. Pero las películas tienen algo interesante: nadie conoce el final mientras se están filmando.Y Efraín, por ahora, ya cambió el guion. Porque pasó de ser una apuesta cuestionada a convertirse en el rostro de una resurrección deportiva que pocos vieron venir.Como un ave fénix, sí. Pero no la versión romántica que renace entre aplausos. La otra.La que primero tuvo que soportar que nadie creyera que volvería a volar. Porque al final, quizá tenía razón. Donde está Efraín, hay película. Y esta vez muchos pensaron que sería tragedia. Terminó pareciéndose más a una historia de resurrección.












