En medio del cielo estrellado una nave alcanza a otra para intentar un abordaje. Son vehículos voladores levemente parecidos a las aeronaves de nuestra época pero acaso salidos de una indeterminación temporal, a medio camino del pasado y el futuro. Tras la refriega algo (o alguien) cae a un planeta cercano y entonces un joven de extracción humilde recibe la llamada de la aventura: un reconocible viaje del héroe que lo llevará a volar lejos de casa y descubrir otro cuerpo celeste con un terrorífico poder destructivo. Podría ser Luke Skywalker, podría ser la Estrella de la Muerte a la que se dirigen sus pasos. Sin embargo, su nombre es Pazu, y busca una isla flotante llamada Laputa.

Podríamos estar hablando de La guerra de las galaxias, estrenada en 1977. Pero nos referimos a una obra casi diez años posterior: El castillo en el cielo, la primera película de Studio Ghibli. Cada uno a su modo son títulos absolutamente fundacionales, históricos. En el último cuarto del siglo XX, ambos empezaron a guiar la imaginación colectiva desde dos ejes distintos. Dos polos, dos modelos de producción: el blockbuster de Hollywood frente al anime de autor, una de tantas vías por las que ambos países, EE.UU. y Japón, iban a ir medrando en el tablero geopolítico. Esta dialéctica hoy está ciertamente superada —cabe echarle la culpa en ambos casos al dominio de la propiedad intelectual, que degradó tanto el espectáculo estadounidense como la industria anime—, y aun así ampara gestos como el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades a Studio Ghibli.