El viento es un niño que juega con la larga línea de arena, la frontera entre los campos y el Adriático, se enreda en los cabellos de las aficionadas en la etapa que señala el paso repentino del sur al norte, de los Abruzos altos a las lomas de las Marcas, alborota y abofetea el rostro sereno y decidido de Jhonatan Narváez, boca cerrada, que no se detiene, y, finalmente, se rinde. Protegido por su piloto danés, Mikkel Bjerg, que, espalda paralela al suelo, amplia y segura como la barra de un bar, juega con el viento, y se ríe, Narváez entra solo en el asfalto roto, en las cuestas medievales de Capodarco y Reputolo, en el pérfido pórfido púrpura que pavimenta las calles pontificias de Fermo, una pirámide sobre una colina. Ya no vuela el viento, solo vuela el ecuatoriano, un cóndor, hacia la victoria. “Ha sido una etapa muy bonita porque te enseña que nunca debes rendirte. Pegaba viento de cara increíble”, suspira Narváez en la meta después de degustar varias veces en una pantalla la repetición de su llegada triunfal. “Para uno de 80 kilos, eso no puede ser nada, pero para uno de 64, como yo… La he pasado mal en el plano”. Es la segunda victoria del campeón de Ecuador en este Giro, ya ganador en Cosenza el cuarto día, la cuarta en los tres Giros que ha corrido y la tercera, junto a la de Igor Arrieta, de su UAE, equipo reducido a cinco guerrilleros hiperactivos después de las caídas que retiraron a su líder, Adam Yates, Marc Soler y Jay Vine.Sigue líder, rosa brillante, Afonso Eulálio que, al final de una etapa acelerada, saca los colores a Jonas Vingegaard, de azul montaña, como preguntándole, ¿eres tú de verdad ese que llaman el líder real? Vingegaard, después de establecer su autoridad sobre el pelotón de manera simbólica en el Blockhaus el viernes, actúa de patrón condescendiente, el anticaníbal. Simplemente vigila y frena. No se excita cuando huele un muro a lo Pogacar, ni se impaciente por enseñar la espalda a todos, sencillamente teje paciente su tela, pero se sobresalta cuando Eulálio, osado, acelera con su estilo único de betetista diplomado, ligero de desarrollo, dando botes sobre el empinado pórfido de Fermo, por donde los papas paseaban con bastón y sandalias acolchadas, y vuelve a sufrir un espasmo cuando el que acelera es el inquieto australiano Hindley. Pier Paolo Pasolini escribió hace más de 60 años que ascendiendo el Adriático, la diferencia entre el sur y el norte, entre la Italia pobre y la rica, se apreciaba súbita en las playas, entre quienes viven junto al mar y quienes viven en la ciudad y van al mar solo de vacaciones. “Sobre todo, de repente aparecen las mujeres guapas, que, en la costa de Romaña, se convierten incluso en las únicas e indiscutibles protagonistas, las dueñas, las reinas, las amazonas”. El Giro se instala ya en el norte rico, donde solo hay belleza, y llega el domingo a la montaña que da aire a los boloñeses, que allí ponen a secar sus mortadelas, el Corno alle Scale (la puerta de las escaleras), una subida final de 11 kilómetros al 6%, en la que el estilo desastrado de Felix Gall, a lo Pollentier o Escartín, el austriaco que no deja alejarse mucho al danés, desafiará de nuevo a la belleza.
Jhonny Narváez vuela en los muros de las Marcas y gana su segunda etapa en el Giro de Italia
Afonso Eulálio sigue líder tras una etapa en la que Vingegaard prefirió vigilar y controlar antes que atacar en vísperas de la montaña de Bolonia











