Por lo que recuerdo, a Aristarain le gustaba el whisky y no tomaba mate ni vino. Era parte de su protesta contra las imposiciones del ser nacional y había quienes lo acusaban de cipayo por esas preferencias. Adolfo era un nativo de Parque Chas que se decía anarquista y como tal abominaba tanto de las fronteras como de las empresas multinacionales. Nunca le dio por agitar la bandera, pero en sus películas el mal absoluto estaba encarnado por la alegórica Tulsaco. En realidad, era un fordiano de izquierda. Conocí a otros. Por ejemplo, a Jean Roy, crítico de L’Humanité, el diario del Partido Comunista Francés. Y a Peter von Bagh, cineasta, curador y mejor amigo de Aki Kaurismaki. Ambos murieron en estos años y tal vez la especie estuviera en extinción.
Aristarain practicaba la variante criolla de la cinefilia, un credo transversal a todas las ideologías, ya que un cinéfilo podía ser comunista o clerical, incluso peronista. Ser cinéfilo en la Argentina era equivalente a sostener que el cine del Hollywood clásico era muy superior al europeo que se consideraba más elevado entre las personas con educación universitaria. No solo más entretenido ni más espectacular, sino mejor estética y moralmente. En el fondo se trataba de un debate dentro del campo de la ilustración. Y Aristarain era un ilustrado, como Ford.






