Estas dos ciudades son lugares tan distintos como complementarios para entender la historia del país. De uno de los complejos arquitectónicos medievales mejor conservados de Asia Central a un híbrido arquitectónico único que une brutalismo soviético y ornamentación tradicional islámica

Una nación y dos ciudades opuestas que, en su diferencia, relatan el ADN de Uzbekistán. Eso implica visitar Bujara (Bukhara) y Tashkent, de la época dorada de los imperios mongol y persa al régimen soviético.

Comencemos por Bujara, que forma parte de la célebre Ruta de la Seda y que almacena más de 2.000 años de historia. Sus madrazas, mezquitas, azulejos y cúpulas de color turquesa del siglo IX en adelante constituyen la que es una de las ciudades medievales mejor conservadas en la región de Asia Central. Su tejido urbano original se ha mantenido tan bien a lo largo del tiempo que es considerado por la Unesco patrimonio mundial desde 1993. La antigua ciudad persa sirvió como un importante punto de encuentro de la cultura islámica durante muchos siglos, como recuerda Lyabi Hauz [traducido, algo como “junto al estanque”], una de sus céntricas plazas que estaban llenas de actividad comercial y religiosa. Con forma de polígono irregular, aloja la madraza Nadir Divan Begi, edificios hechos de torres bajas, arcos, mosaicos y ornamentos entrelazados, con los que no hace falta mucha imaginación para teletransportarse en el tiempo. También lleva el nombre del visir Nadir Divan Begi la khanaka (lugar de relajo y reflexión para los sufíes) cercana a este complejo.