La última temporada de ‘Euphoria’ es otro ejemplo de un producto de ficción en el que un personaje viste ropa que no podría permitirse. ¿Qué hay detrás de estas elecciones de vestuario?

“No me pienso gastar 50.000 dólares en flores”, le dice Nate (el personaje de Jacob Elordi) a Cassie (Sydney Sweeney) en el primer episodio de la nueva temporada de Euphoria. Hasta ahí, nada raro. De hecho, es probablemente una de las cosas más normales que Nate haya dicho jamás. Salvo por un detalle. Si quiere ser tan razonable con el presupuesto floral de su boda, ¿por qué lleva una camisa de cuadros de 7.000 dólares en su día a día?

La prenda en cuestión, de la firma italiana Bottega Veneta -una camisa azul claro a cuadros confeccionada en cuero imitando la franela, que vistió Kate Moss en la pasarela de la temporada Primavera/Verano 2026-, enarbolada por el actor australiano, ha causado estragos online por su semiótica: ¿qué chaval a principios de la veintena puede permitirse semejante pieza en su guardarropa? ¿Por qué los responsables de vestuario de la serie han elegido justamente esa camisa?

Puede parecer una decisión incoherente, pero se inscribe dentro de una larga tradición de personajes de ficción -tanto de series como de películas- vestidos de maneras que para nada concuerdan con su presupuesto o su estilo de vida. Los ejemplos abundan: en las comedias musicales de los años treinta en los que coristas víctimas de la depresión se ven obligadas a robar leche a sus vecinos, eso sí, vestidas en de la cabeza a los pies en satenes de seda del modisto Adrian. En la película de Billy Wilder Sabrina, donde el personaje de Audrey Hepburn -hija del chófer de una familia acomodada que estudia para ser chef- va vestida exclusivamente por Hubert de Givenchy. En los modelos de Marc Jacobs y Dolce & Gabbana de Penélope Cruz en Volver, donde Cruz es una madre de un barrio deprimido de Madrid que encadena trabajos para alimentar a su familia. En la camiseta de tirantes que lleva el personaje marginal de Renton (Ewan McGregor) en Trainspotting, nada menos que una pieza de Helmut Lang. Y, por supuesto, en el guardarropa de Carrie Bradshaw, rebosante de vestidos de Atelier Versace y zapatos de Manolo Blahnik a pesar de que su trabajo consiste en escribir una (¡una!) columna a la semana en un periódico menor de Nueva York.