La mala conciencia ecológica de la derecha resulta llamativa, cuando conservadurismo político y conservacionismo ambiental están tan unidos

Si hemos tenido duquesas rojas y curas obreros, a nadie le extrañará que en España tengamos también ecologistas de derechas: ¡en algo ha de notarse que somos el país más biodiverso de Europa! Está por ver, eso sí, si los ejemplares de ecologista de derechas son más o menos numerosos que los ejemplares —209, según el últim...

o censo— de urogallo cantábrico. Al fin y al cabo, el ecologismo es uno de esos temas en los que la derecha se ha venido convenciendo de su propia falta de legitimidad para pronunciarse. Por una parte, la derecha ha juzgado históricamente la política medioambiental como una de esas políticas blandas que resultarán siempre ornamentales frente a los grandes ministerios de Estado y la gestión pura y dura de la economía. Por otra, ha asumido con asombrosa desenvoltura el papel que la izquierda le reserva en la materia: ostentar la representación de los malvados, del promotor que da un pelotazo junto a la costa al señoro que se queja de los tapones del agua mineral. Esta mala conciencia ecológica resulta llamativa, siquiera sea porque no hacen falta mayores vuelos conceptuales para unir conservadurismo político y conservacionismo ambiental. Ni, ya puestos, hace falta una memoria muy larga para recordar los tiempos en que la imagen del progreso, para la izquierda, era la chimenea humeante de una fábrica. Si el capitalismo lo ha hecho mal en la Amazonia, también sabemos qué dejó el colectivismo en el mar de Aral.