Facilitó las locuras de Isabella, su trágicamente fallecida esposa y una de las figuras más importantes del mundo de la moda en las últimas décadas. Aunque dio cobijo a grandes como Alexander McQueen, el pasado no le asusta: sigue queriendo ser el anfitrión perfecto

En lo más alto de un monte, sobre un gran valle, en el rincón de Inglaterra conocido como los Cotswolds se levanta Hilles House, la casa familiar de Detmar Blow (62 años). Allí vivió con su ya fallecida esposa, la editora de moda Isabella Blow, quien convirtió esta finca en su refugio. “Yo vivía aquí tan tranquilo y anhelaba algo de glamur. Cuando llegó a mi vida Isabella lo tuve, pero a lo grande”, recuerda Detmar. Se conocieron en una boda, a ella le gusto el abrigo de él; a él los zapatos de e...

lla. Dos semanas después Detmar le pidió matrimonio. Hasta la muerte de Isabella en 2007 compartieron una vida intensa y repleta de altibajos.

Issie, como la llamaban sus amigos, es una figura clave para entender la moda de las últimas décadas, pero resulta complicado describir su rol. Para empezar, tenía un olfato infalible para descubrir nuevas promesas de la moda y, sin convencionalismos, conectar ideas, estéticas y personalidades. Ataviada con sombreros surrealistas, encaramada sobre taconazos y escudada en comentarios ingeniosos, lo suyo no era pasar desapercibida. Trabajó como estilista y editora de moda para publicaciones como Tatler, Sunday Times y Vogue, donde forjó su irrepetible visión, entre histórica y vanguardista. Pero sobre todo fue la mentora de creativos emergentes como el diseñador Alexander McQueen, el sombrerero Philip Treacy y modelos como Sophie Dahl y Stella Tennant. A McQueen le compró toda su colección de graduación en Central Saint Martins, dedicada a Jack el destripador. A Treacy le encargó un casco de estilo medieval para su boda cuando aún era un estudiante del London College of Art. A partir de entonces los tres se hicieron inseparables. Blow siempre era rápida como cazatalentos, tanto que se fijó en una Sophie Dahl adolescente cuando la vio por la calle llorando tras discutir con su madre. “Sus hallazgos venían de una combinación de arrojo y extensa formación autodidacta”, analiza Detmar. “Le atraía el proceso creativo, la gente que fabricaba cosas. Le gustaba McQueen porque había aprendido a cortar trajes en Savile Row. También sentía debilidad por los que llevan las de perder, los que cometen errores. McQueen la regañaba diciendo que no podía seguir conociendo a sus asistentes por la calle”, comenta Detmar, que enlaza innumerables anécdotas sobre su mujer sin llegar a rematarlas del todo. “En otra ocasión contrató al fotógrafo Dan Lepard cuando se enteró de que la noche anterior le habían sacado del Ritz borracho perdido tras haber vomitado por todas partes. Le aseguró que los informes recibidos le habían causado una excelente impresión”. Aunque sus estrategias fueran poco convencionales, se esforzaba para ofrecer oportunidades. La estilista y consultora de sostenibilidad Mary Fellowes, que coincidió con ella en Vogue, recupera el momento en el que Isabella le consiguió trabajo en la boutique londinense de moda vintage Rokit, presionando a los dueños mientras salía del probador en toples.