El país asiático es uno de los más expuestos del planeta al azote del calentamiento global. Sus campesinos crean ingeniosas soluciones para minimizar el daño de tifones, sequías e inundaciones

Hace dos años, una terrible sequía provocada por El Niño se cebó especialmente con la isla de Negros, en el centro de Filipinas. Cosechas enteras se echaron a perder y cientos de campesinos tuvieron que recurrir a la ayuda alimentaria. La plantación de café de Teddy Cañete también sufrió los estragos de este fenómeno climático, pero mucho menos que otras explotaciones de la zona. “De 15.000 árboles, se me secaron solo unos 1.200”, rememora.

En noviembre de 2025, el tifón Kalmaegi, conocido localmente como Tino, descargó su furia en Negros. Murieron en toda la isla al menos 100 personas. Casas y cultivos volaron por los aires. De nuevo, la plantación de Cañete resultó relativamente poco damnificada. Tras hora y media de caminata bajo la lluvia por colinas de vegetación exuberante, este agricultor muestra orgulloso la salud imperante entre sus cafetos, que cultiva en una tierra comunitaria cedida por el Estado filipino a su comunidad, los bukidnon. “Mi padre era cazador y teníamos algunos cultivos de subsistencia. Cuando era pequeño, todo esto era mi zona de juegos”, explica abarcando con la mano un horizonte sin vallas ni cercados.