El municipio, a menos de una hora de Madrid, lleva años acechado por la despoblación y tiene la tasa más baja de trabajadores de toda la Comunidad. Sobrevive gracias a la llegada de inmigrantes y madrileños en busca de una nueva vida rural que han cambiado el paisanaje por completo
Sucede en Robregordo que el centro del pueblo ya no es el centro del pueblo. La calle del Real —la que atraviesa el municipio de un extremo a otro— es un pozo de silencio de la mañana a la noche donde el mayor aliciente del día para Antonio Casanova, de 80 años, es un avispón rojizo que en lugar de volar, camina por el suelo empedrado. “Nunca lo había visto por aquí. ¡Qué alegría!”, dice Casanova con sarcasmo refiriéndose al insecto. Ni él ni su mujer, Juliana, de 78 años, acostumbran a ver a n...
adie alrededor de su viejo refugio en la calle del Real. Mientras que la Comunidad de Madrid alcanza los 7,1 millones de habitantes, los escasos 30 vecinos de Robregordo están tan dispersos que pueden pasar semanas sin verse. Solo el bar, regentado por Sofian, un joven marroquí, es capaz de congregar más de dos o tres personas a la vez. Preguntado por si el negocio le da para vivir, Sofian prefiere callar. “Vamos tirando”, termina por decir.






