El actor parece el único heredero de los grandes galanes de Hollywood. Sin cuerpo de gimnasio ni simulacros de rejuvenecimiento y con unas polémicas que sortea con elegante silencio, sigue en la cumbre tras casi 40 años de carrera

Toni Cade Bambara, la activista que introdujo en el debate contemporáneo el concepto de corrección política, no sabría qué pensar de Leonardo DiCaprio. Comprometido con el medio ambiente, progresista, presunto feminista, antirracista y filántropo, DiCaprio se reúne con el Papa para hablar de inmigración y retos climáticos, viaja a Indonesia para denunciar la política de tierra quemada de los productores de aceite de palma, se gasta 43 millones de dólares en proteger los bosques de mangle de las islas Galápagos y dedica otros 15 millones a campañas en favor de los pueblos nativos estadounidenses.

Por otro lado, tal y como le reprocha Scaachi Koul en un encarnizado artículo en Slate, recorre el planeta en jets privados que contaminan más que algunas repúblicas centroafricanas, “se pasa la vida a bordo de la flota de superyates de su íntimo amigo Jeff Bezos” y sigue cultivando su reputación de mujeriego inmisericorde, siempre del brazo de supermodelos al que saca varios lustros.