El laberinto burocrático al que se enfrentan las familias que perciben el Ingreso Mínimo Vital para solicitar esta ayuda provoca que haya menos solicitantes y más denegaciones

Raquel A. suspiró tranquila cuando hace unos días le llamaron para decirle que le habían concedido la beca de comedor a su hija de nueve años. Llevaba casi siete meses pagando de su bolsillo los 5,50 euros diarios que cuesta el comedor de la niña, que representan más de la tercera parte de los 300 euros que cobra al mes en su trabajo a tiempo parcial. Aunque la financiación que ha recibido por parte de la Comunidad de Madrid solo será parcial se siente afortunada porque el curso pasado ni siquiera eso obtuvo. Como la de ella, miles de familias vulnerables se quedan fuera a pesar de necesitarlo. Son cada vez menos las que teniendo rentas muy bajas la reciben: las concesiones en la primera convocatoria de las becas de este curso son un 40% más bajas que el curso pasado, de 4.305 en el 2024-2025 a 2.561 en el 2025-2026. La buena noticia es que la cantidad de hogares receptores en general ha aumentado hasta cifras récord, sobre todo porque este año se le han dado la posibilidad de obtenerla a los miembros de las Fuerzas Armadas y a las familias numerosas con una renta per cápita máxima de 10.000 euros a que también las soliciten.