Cada día que pasa estamos más lejos de la tarde en la que soñamos con ese gol, ese punto o esa carrera, y más cerca de que alguien mucho más joven lo cumpla por nosotros

Vi el otro día algo que me chocó de una forma un tanto absurda. Sobre el parqué del Kaseya Center de Miami, Luka Doncic, estrella de Los Angeles Lakers, y

eportes/tenis/2026-03-20/alcaraz-y-miami-un-antes-y-un-despues-de-la-explosion-de-2022-a-la-derrota-que-lo-multiplico.html" data-link-track-dtm="">Carlos Alcaraz, número uno del tenis mundial, compartían impresiones mientras miraban al suelo y se tocaban el hombro con esas palmaditas que solo se le da a alguien con quien no tienes suficiente confianza. “¿Cómo estás?”, “¿todo bien?”; son algunas de las frases a las que recurrieron para romper el hielo. No tengo pruebas, pero tampoco dudas. El brevísimo encuentro, en cualquier caso, precedió a una foto de los dos juntos, y cómo no, unas horas más tarde, a la difusión de la misma en las redes sociales de los protagonistas. Lo que de verdad me dejó pensando, no obstante, no fue el encuentro entre dos estrellas del deporte mundial, sino el efecto del irremediable paso del tiempo.

Yo, que soy del 96 y estoy a punto de adentrarme en la treintena, esto es, soy muy joven para muchos de los que leerán estas líneas, y muy viejo, a su vez, para muchísima más gente de la que mi cerebro es capaz de asimilar, vi debutar a Doncic, tres años más joven que yo, en el primer equipo del Real Madrid. “Dicen que ese chico es muy bueno”, le comenté a mi padre, con quien aún vivía entonces. “Podríamos ir a verle jugar”. Años después, en una demora inherente a los planes que arrancan en condicional, y con aquel chavalín dominando a su antojo el baloncesto europeo, fuimos al Palacio de los Deportes. “Esta es mi casa”, gritó Doncic señalando el parqué en una de esas mañanas en las que el sol ilumina el polvo en el aire de la calle Goya. Pocos meses después, se marchó a la NBA —Doncic, no el sol—, donde continuó su carrera mientras yo, a un océano de distancia, lo observaba con el orgullo irracional del hermano mayor que nadie le asignó.