La historia de un artefacto que traspasó la frontera, acabó en los cultivos de unos campesinos y terminó escalando hasta convertirse en un choque diplomático
Pesaba 250 kilos, medía metro cincuenta y no hizo lo que se esperaba de ella: estallar. Lanzada, según los indicios, desde un avión militar ecuatoriano a principios de marzo, debía haber explotado sobre las cabezas de los narcos que actúan en la frontera, pero rebotó en el suelo. Se arrastró 300 metros, adentrándose en territorio colombiano, hasta que se detuvo entre cultivos de coca y plataneras. Nadie la vio caer, pero días después una familia campesina la encontró por casualidad. El hallazgo ha acabado provocando una agria disputa entre los presidentes de Colombia y Ecuador. Gustavo Petro acusó a Daniel Noboa de bombardear su país. Noboa lo negó y señaló su supuesta indolencia contra el narco. Los canales diplomáticos se silenciaron. Pero quizá la realidad no era tan épica. Ni tan bélica.
Esta es la historia de un artefacto explosivo del que nadie habría sabido nada si no hubiese llegado a Colombia, algo que hizo probablemente por accidente. Es la historia de una bomba que los locales de esta región del Putumayo mostraron —entre la sorpresa y el temor a que explotase— a los reporteros del The New York Times que trabajaban en esa zona fronteriza. A partir de ahí, la bomba empezó su verdadero recorrido: de los cultivos a los despachos, del terreno a los militares y, finalmente, al escritorio del presidente. Cuando la información llegó a Bogotá, ya no era solo un objeto inerte y oxidado de 250 kilos, sino el inicio de una crisis.








