Soria es el espejo en el que España debería mirarse: votaron a un candidato-alcalde que se ha ganado la confianza sin ‘marketing’ ni relatos, haciendo política pequeña y útil
Antes de que rodase Sirat y de que su pelo largo y sus posados en las alfombras rojas se hiciesen memes, comí torreznos con Oliver Laxe en una tasca del Collado de Soria. Digo bien: comí yo los torreznos, pues Laxe es (o lo era entonces) vegetariano. Participábamos en un coloquio sobre su película anterior, O que arde, y mientras se proyectaba, los anfitriones nos llevaron a picar algo. Me pareció que el cineasta miraba mi plato con cierta envidia, casi rendido a la seducción del frito....
Recordé esa velada mientras los ciudadanos de Castilla y León votaban y Laxe intentaba no morderse las uñas en la gala de los Oscar. Soria es el espejo en el que España debería mirarse: la gente que inventó el torrezno y esas galletas rompemuelas llamadas paciencias no gusta del eufemismo ni de los discursos huecos. Así cabría entender la excepción soriana en las últimas elecciones, donde Vox ha obtenido sus resultados más pobres, y el PSOE, los más fuertes. Votaron a un candidato-alcalde que se ha ganado la confianza recurriendo a la misma estrategia con la que los torreznos han conquistado las barras de toda España: sin marketing ni relatos, haciendo política pequeña y útil.






