El museo Thyssen de Madrid estrena una exposición centrada en la representación de las mujeres bíblicas del pintor italiano, pero que funciona para retratar su drástico cambio de estilo

La primera vez que Ludovico Caracci, uno de los grandes pintores del barroco italiano, se encontró con la obra de Giovanni Francesco Barbieri, describió al autor como “un fenómeno de la naturaleza, un milagro que deja sin palabras incluso a los pintores más distinguidos”. No era cosa menor que el gran maestro de la pintura boloñesa de su época, que por entonces tenía setenta y tantos años, hablara así de un joven autodidacta de 26 que entraba en un mundo que ya conocía a Tiziano o Caravaggio, y que veía nacer a otros como Guido Reni, Rembrandt, Velázquez, Van Dyck o Ribera. Pero el naturalismo feroz de su pintura—con personajes con una gran plasticidad y gestos espontáneos—, que cautivó a Caracci y que impulsó a una luego célebre y lucrativa carrera, terminó olvidado en una segunda etapa gracias a un notable cambio de estilo que llevó al artista a crear pinturas mucho más clasicistas, con figuras más rígidas y de gestos artificiales.

El museo Thyssen de Madrid tiene en su colección una de las pinturas de ese segundo periodo, Jesús y la samaritana en el pozo, y la ha aprovechado para reunir a otras cinco —con préstamos de instituciones como el Museo del Prado, la Dulwich Picture Gallery de Londres o el Musée des Beaux-Arts de Estrasburgo— en Guercino y sus heroínas bíblicas, una pequeña muestra inaugurada este lunes en la sala 12 de la pinacoteca y que permanecerá abierta hasta el 14 de junio. Aunque centrada en cómo el artista abordó la imagen de la mujer en los temas bíblicos, la exposición sirve, sobre todo, para entender ese paulatino pero decidido cambio de estilo.