Su trabajo orgánico y experimental, reivindicativo de lo frágil, propone hibridar disciplinas y cuestionar jerarquías

El Premio Pritzker 2026, el chileno Smiljan Radić Clarke (Santiago de Chile, 60 años), es un arquitecto-artista. No porque sea un proyectista estrella o porque busque deslumbrar, levantando un sello que lo distinga o creando un espectáculo, nada más lejos de eso. Lo es porque, como sucede con los artistas, es capaz de anticipar el futuro. No se trata de que en las próximas décadas se vaya a construir como él y su pequeño equipo lo hacen, se trata de llamar la atención sobre lo que realmente importa de nuestro paso por el mundo.

Hijo de padre croata y madre británica, Radić suspendió el proyecto de final de carrera y perdió un curso. Ha contado que de ese suspenso aprendió, entre otras cosas, a dudar. Por eso estudió Historia en Venecia y dedicó mucho tiempo a viajar. El viaje, más como un proceso de apertura mental que como una peregrinación por monumentos, es lo que hoy considera su verdadera educación. La formación es, más en alguien como él, un asunto en continua evolución que podría resumirse en la Fundación de Arquitectura Frágil que creó en 2017, una defensa de lo que haríamos bien en proteger, de lo temporal como forma de vida. Lo que podría parecer un oxímoron —juntar arquitectura y fragilidad— define la obra de este arquitecto singular que ha hecho de lo híbrido —las mezclas entre disciplinas— y la convivencia de contrarios —lo fijo y lo temporal, lo industrial y lo artesanal, lo caro y lo económico o lo natural y lo artificial—, más que su credo, su legado arquitectónico. Veamos cómo ha sido.