Los que promueven y apoyan la guerra de Irán parecen haber olvidado las lecciones de los desastres del siglo XX

Hermanos de sangre, la serie sobre la Segunda Guerra Mundial producida por Steven Spielberg y Tom Hanks, es uno de los mejores retratos que se han hecho de un conflicto. No importa que la guerra en la que transcurre sea la más justa posible —la derrota del nazismo—, ni que sus protagonistas nos parezcan héroes —los miembros de la 101.ª División Aerotransportada, que fueron lanzados sobre Normandía el 6 de junio de 1944—. Como ocurre con Salvar al soldado Ryan, la impresión final es que todas las guerras son horribles, que causan un daño irreparable a las personas que logran sobrevivir a ellas. La serie se estrenó en EE UU el 8 de septiembre de 2001, poco antes de los atentados de Al Qaeda contra Washington y Nueva York, que desataron dos guerras que acabaron en desastres; una contó con el apoyo de la comunidad internacional —Afganistán— y otra solo con el de unos iluminados —Irak—. Con el 11-S y el principio del siglo XXI, se abrió un ciclo interminable de conflictos que se prolonga hasta ahora.

En el capítulo final, donde se cuenta cómo los diferentes soldados reconstruyeron su vida como civiles, el narrador dedica la serie a “todas las generaciones que han tenido la suerte de no vivir una guerra”. Se trata de un lujo del que hemos disfrutado en Europa occidental durante 80 años. Ahora nadie tiene la seguridad de que esto pueda prolongarse. Hace poco, un diplomático de un país de la UE relataba que, cuando volvió a casa después de una reunión en la que se trataron espinosos temas geopolíticos, miró a sus hijos y pensó que no les podía prometer que no iban a vivir un conflicto como el que sufrieron sus abuelos o bisabuelos.