Superviviente de un cáncer agresivo, la artista charla con EL PAÍS y otros medios sobre sexo, violaciones, abortos y racismo en el Reino Unido
Tracey Emin (Londres, 62 años) solo quiso ser dos cosas desde que era niña: bailarina o artista. A los trece años dejó el colegio y comenzó a tener sexo salvaje, promiscuo y alocado con muchos hombres, la mayoría de ellos ya en la veintena. A los quince, se apuntó a un concurso de baile en una discoteca de Margate, la localidad costera del sureste de Inglaterra donde se mudó con sus padres a muy temprana edad. En el centro de la pista, inmersa en sus propios movimientos e hipnotizada por su cadencia como un derviche danzante, soñó con la gloria. Lo que oyó a su alrededor, sin embargo, fue crueldad: “Puta, puta, puta”, gritaban desde fuera de la pista. Muchos eran los mismos con los que se había acostado.
La artista contemporánea más celebrada y condecorada del Reino Unido termina su vídeo Why I Never Became A Dancer (Por Qué Nunca Llegué a Ser una Balilarina) de 1995, bailando sola, feliz, en medio de una gran sala. Su cara lo dice todo y se dirige a esos hombres. “Soy mejor que vosotros y lo voy a demostrar”.
Ese video forma parte de la gran antología del artista que ha puesto en pie el museo Tate Modern de Londres. Tracey Emin: A Second Life (Tracey Emin: una segunda vida), que abre sus puertas este viernes y se prolongará hasta el 31 de agosto.







