El empresario ha vinculado su carrera profesional a uno de los hombres más poderosos del grupo, Fernando Camino. EL PAÍS reconstruye su conexión, ahora en la mira de la justicia
Están separados por unos 20 metros. Alberto González Amador se sienta muy cerca del despacho de Fernando Camino Maculet, en la tercera planta del edificio de oficinas donde Quirónprevención tiene su sede, en la calle Agustín de Betancourt de Madrid, por la zona de Nuevos Ministerios. Tan cerca como la carrera de ambos, ligada desde hace una quincena de años, cuando Amador era un treintañero consultor de calidad en normas ISO (los sellos con reconocimiento internacional que buscan las organizaciones para mejorar su reputac...
ión) que había trabajado antes en la librería de El Corte Inglés en la Castellana, y Camino, casi 10 años mayor, acababa de ascender a la cima de la firma de reconocimientos médicos Sociedad de Prevención Fraternidad Muprespa, conocida coloquialmente como La Frater.
Los dos hicieron buenas migas. Tenían una biografía con similitudes. Ambos eran hijos de militares y habían nacido en las ciudades autónomas: Amador, en Ceuta; Camino, en Melilla. Pronto comenzaron a hacer negocios que se prolongan hasta hoy, cuando la justicia investiga un caso que se ha convertido en un punto débil para la pareja de Amador, la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, y para el grupo Quirónsalud, la empresa donde Camino es un hombre poderoso, el presidente y director general de Quirónprevención, la división dedicada a prevención de riesgos laborales, que supone un 10% del negocio. Se sienta con otros seis directivos en el consejo de dirección de Quirónsalud, liderado por el poderoso CEO Víctor Madera, al que se llegó a tildar en la prensa conservadora, allá por 2014, de “ministro de Sanidad en la sombra”.






