El bloqueo es una acción de guerra que los cubanos no se merecen por más que su Gobierno sea tiránico y caduco
Todo ese tiempo en el que hemos asistido impertérritos día tras día a la matanza en Gaza ha contribuido a deshumanizarnos. Pese a la censura informativa, las imágenes nos alcanzaban como flechas, pero su cadencia constante termina por habituarnos al horror. El supuesto acuerdo de paz no ha frenado las bajas civiles, que superan, según organismos...
oficiales, las 70.000. En Ucrania, las condiciones de presión del cada día más cruel enemigo, con ciudades enteras sin servicio eléctrico, obligan a la población civil a vivir en una situación extrema. Las negociaciones para un alto el fuego parecen igual de congeladas. Matar de frío a los inocentes comienza a parecernos otra audacia estratégica en lugar del crimen que es. En Irán hemos entrevisto, bajo la censura férrea de la dictadura religiosa, una de las represiones más salvajes que se recuerdan de un Gobierno contra su propia población. Mientras, cada día aceptamos más para nosotros la idea de que poderes autoritarios son una solución al débil carácter de las ciudadanías distraídas e insolventes moralmente.
Esta es la realidad de pesadilla que nos circunda. Dicen que la palabra pesadilla proviene de ese peso insoportable sobre el pecho que nos asfixia durante el sueño y que acciona nuestra sugestión hacia el sufrimiento y la angustia. Para dormir tranquilos, tenemos la tentación de desplazar ese peso invisible lejos, lo más lejos posible, desentendernos de todo. Pero las pesadillas se combaten abriendo los ojos, despertando. Ahora le ha llegado el turno a la isla de Cuba. Durante el cerco de Gaza, para nuestro asombro, volvió a utilizarse la estrategia medieval de matar de hambre a la población. Ya habíamos notado, tiempo atrás, que con el trato a los inmigrantes se producía una extraña alteración. Pareciera que, en lo que respecta a ellos, cualquier dictado de los derechos humanos no es vinculante. Ese retroceso de la sensibilidad, por llamarlo de manera suave, regresa ahora con una brusquedad aberrante. El cerco económico a la isla, una especie de bloqueo final, sacude a las personas como si fueran peones de un juego estratégico.






