Su fracaso no puede explicarse solo por razones jurídicas o políticas: chocaba con la arquitectura emocional e institucional del fútbol europeo, y el primer frenazo vino provocado por los aficionados ingleses
En octubre del año pasado, en Roma, durante la Asamblea General de la European Football Clubs (EFC), el presidente Nasser Al-Khelaifi, para asombro de muchos, dijo: “Los 820 clubes de EFC somos una familia. Queremos que todos vuelvan, también el Real Madrid. Esta es su casa”. Sabía algo que los presentes desconocíamos.
Esta semana, con la Superliga oficialmente enterrada sin haber disputado un solo partido, Al-Khelaifi remató: “Nadie debe interpretar el desenlace como una derrota personal. Lo importante es que todos ganan. El fútbol y sus aficionados ganan”.
Termina así la iniciativa más ambiciosa de reestructuración del fútbol continental en décadas, liderada por Florentino Pérez. Se cierra una etapa de desencuentros y beligerancia para dar paso, parece, a otra de colaboración y entendimiento. Pero aquella guerra civil no fue caprichosa.
El fútbol es una industria global, con audiencias y patrocinadores transcontinentales, y derechos audiovisuales que compiten con las grandes plataformas de entretenimiento. En ese contexto, algunos clubes, los más poderosos, aspiraban a un modelo más estable y previsible que redujera la incertidumbre financiera, y les garantizara mayor control.







