Disminuye el paro, pero el 42,4% de la población activa catalana vive en situación de precariedad pese a trabajar

Junts per Catalunya, el partido que exonera al oligopolio eléctrico de pagar impuestos, quiere rebajar el tipo máximo del IRPF, derogar sucesiones o hace decaer las medidas del escudo social, planteó el pasado martes en el Parlament un debate sobre el averiado o inexistente ascensor social catalán. Los posconvergentes, con su renovado catecismo liberal, aseguraron que “bajar impuestos da aire a ciudadanos y empresas”. En suma, hay que dejar que la economía siga su curso. Es algo así como la doctrina del “peca mucho y cree con más fuerza” de un Lutero que, olvidándose de la virtud de la caridad, acabó apoyando los privilegios de los príncipes alemanes contra los reformistas radicales de Thomas Müntzer.

No deja de ser paradójico, como hizo Junts en el debate del pasado martes, que mientras se entroniza la desigualdad se recurra al tópico de la cultura del esfuerzo. Como si no hubiera llovido desde aquellos tiempos en que desde la presidencia de la Generalitat se alababa públicamente la meritocracia, mientras la prole familiar, esa célula tan básica como entrañable de la sociedad, se beneficiaba activamente de negocios forjados a la sombra del poder. Vicios privados, públicas virtudes. Pero no para tormentosas tragedias estilo Mayerling, sino para hacer caja. Eran tiempos en que, en público, se mantenía la defensa de la laboriosa menestralía mientras en privado se abría a la familia el ascensor de los negocios. Y no se movían del solárium.