Los carteles del abono de Sevilla son manifiestamente mejorables; el empresario se escuda en la falta de tiempo, pero sí lo ha tenido para colocar a los toreros recomendados
Los carteles del abono taurino de Sevilla son manifiestamente mejorables. Y José María Garzón, el nuevo empresario, lo sabe mejor que nadie. Sabe que, en el fondo, suponen una decepción para quienes han confiado en que su desembarco en La Maestranza supondría un cambio, una novedad y una ruptura con la inercia del pasado.
Quizá, porque las expectativas eran muy altas; quizá, quién sabe, porque se le ha valorado en exceso, y Garzón no sea más que otro miembro del sistema, agravado en este caso por su condición de apoderado de Juan Ortega.
Sabe, también, que los carteles del abono parece que están basados en el borrador que se dejó olvidado en un cajón Ramón Valencia —el empresario defenestrado de mala manera por la Real Maestranza—, y que no destacan precisamente por sus innovaciones. Más de lo mismo. Y alguien podría concluir que para ese viaje no se necesitaban alforjas.
El empresario trata de escudarse en la falta material de tiempo, y que ha debido recomponerlo todo cuando obtuvo el sí de Morante, y es verdad. Pero ha tenido el suficiente para incluir a todos los recomendados, para premiar en exceso a unos toreros y olvidarse de otros, y para que vuelvan un año más las mismas ganaderías de siempre.






