Abundante en dietas basadas en plantas como la mediterránea, la mayoría de la población no necesita suplementarlo. La última promesa del bienestar exprés se apoya en una evidencia limitada, aunque puede tener sentido en déficits asociados a algunas enfermedades

El magnesio está de moda. O, más bien, los complementos de este mineral esencial, el cuarto catión más abundante del organismo y actor silencioso en más de 300 reacciones enzimáticas. Participa en procesos clave como la producción de energía, la síntesis de proteínas y ADN, la función muscular y nerviosa, el control de la glucosa o la regulación de la presión arterial. Sin él, las células no funcionarían.

Tanta relevancia no podía pasar desapercibida para una sociedad consumista en busca permanente de atajos saludables. Como ocurrió antes con el boom de la vitamina D —una auténtica epidemia que algunos centros sanitarios ya intentan atajar—, hoy no hay influencer que se precie que no recomiende magnesio para dormir mejor, reducir ansiedad o fatiga, evitar calambres o cefaleas, mejorar la recuperación deportiva o sobrellevar el embarazo.

Según un informe de IPSOS para AFEPADI (Asociación Española de Complementos Alimenticios), el magnesio es uno de los complementos más consumidos en Europa, con un 33% de usuarios, solo por detrás de la vitamina D (46%) y la vitamina C (36%). En España, sin embargo, su uso es más limitado: lo consume el 15% de la población, por debajo de la vitamina D, los multivitamínicos y la vitamina C. Pero ¿qué dice —y qué no dice— la ciencia sobre todo esto? ¿De verdad necesitamos cápsulas, comprimidos o polvos de magnesio para vivir mejor?