El atleta español logra en Madrid la tercera mejor marca mundial de la historia en la distancia
La vida pasa volando, piensa Moha Attaoui, que antes de volar cuida sus piernas con un trago de bicarbonato, pero no bebe jugo de brócoli como hacen muchos colegas porque no quiere engañar al cuerpo ni a sí mismo. Un atleta de 800m, dice, tiene que aprender a generar lactato y a eliminarlo, a consumirlo para seguir disponiendo de energía, y muestra su amor al lactato que envenena sus venas en los últimos 200m, la última vuelta al anillo de Gallur. Es la clave de su récord mundial de 1.000m. Corre, vuela, ese tramo, solo por delante de todos, en 26,55s, lo que pensaba, lo que podía. Pero no bate el récord mundial. Mira el reloj cruzada la meta y pega una patada al suelo, rabia, frustración. 2m 14,53s. Un marca espectacular. Borra el récord de Europa del gran Wilson Kipketer, pero se queda a tres décimas de los 2m 14,20s de Ayanleh Suleiman.
Es la tercera marca mundial de la historia y una razón para, superado el primer duelo, doblarse sobre un cubo en el centro de la pista y vomitar el lactato con bilis. La rutina habitual. Solo tiene palabras para hablar del público que llena el pabellón y le lleva en volandas. “He volado en sus alas”, dice, poético. Y también habla de las liebres, Matienzo hasta los 500m y Ostrowski hasta los 800m, que ayudados por las luces led le pasan por los tiempos fijados, pero que no saben quitarse del medio con la suficiente habilidad. “Les he tenido que gritar que se apartaran”, dice. “Y me he tenido que abrir por fuera para pasarlos. Quizás ahí se han ido las décimas”.






