Además de una extraordinaria científica y una valiente exploradora, era una persona con mucho humor y sensibilidad
Con la muerte a los 90 años de la que fue jefa de la base española en la Antártida, Josefina Castellví, Pepita para los amigos, los pingüinos se han quedado huérfanos. Y no es sólo...
una metáfora: la investigadora polar tenía un montón en su casa, entre ellos uno mío.
La bióloga y oceanógrafa Castellví, extraordinaria científica, pionera de la exploración polar (aunque no le gustaba que la denominaran así porque, decía, sonaba a los tiempos de Amundsen y Scott y ella, recalcaba, pertenecía a una época más moderna en que la que ya hasta había goretex), era una mujer inteligente y valiente que poseía una fina ironía y un humor con retranca. Conversar con ella resultaba una experiencia sensacional: todo lo que contaba era apasionante y no todos los días te citas con alguien que tenga un monte nombrado en su honor en la Antártida (el pico Castellví).
Le encantaban los pingüinos y explicaba cómo los domingos en la Antártida se iba a ver a los que vivían en una pingüinera cercana a la base. Los encontraba interesantísimos, ejemplarmente igualitarios y muy divertidos, pese a que, recordaba, la pingüinera olía como un gallinero a lo bestia. Se tomaba como una afrenta personal que se le mencionaran los estudios que apuntaron a que los pingüinos pudieran tener una vida depravada, extremo que negaba. La verdad, no sé de nadie que sintiera tal fijación por los pingüinos aparte de E. A. Wilson (1872-1912), capaz de pasarlo realmente mal viajando al Cabo Crozier en invierno en 1911 para recoger huevos de pingüino emperador. Precisamente no hace mucho pensé en Castellví frente a la vitrina del Museo de Historia Natural de Londres en la que se exhiben esos huevos tan arduamente obtenidos.






