En 2023, renunció al cargo de primera ministra de Nueva Zelanda porque no tenía ya “la energía suficiente” para dar lo mejor de sí. Llevaba seis años. Su adiós fue el culmen de una manera distinta de ejercer el poder, opuesta a los hiperliderazgos masculinos que siguen dominando el mundo. Su modo de entender la política, basado en la empatía y la transparencia, la convirtió en un icono. Conversamos con ella en Londres
En un tiempo en el que la realidad a menudo parece una distopía poco verosímil, Jacinda Ardern da la impresión de llegar desde otro mundo. Un mundo que defendía que el poder podía ejercerse de otro modo. Un mundo en el que la empatía no era debilidad, sino fortaleza. Un mundo que se enamoró de la forma de gobernar de la joven primera ministra de un país pequeño y remoto, casi invisible en el mapa informativo, en las antípodas de los hiperliderazgos masculinos que hoy se imponen. Ella era otra cosa. En todo. Incluso en la forma de marcharse. Renunció al cargo en 2023, tras ejercerlo durante seis años, porque no tenía ya “energía suficiente”. Lo anunció con la voz entrecortada en una rueda de prensa que dio la vuelta al mundo.
Casi tres años después, la ex primera ministra de Nueva Zelanda (Hamilton, 45 años) aparece puntual para la entrevista con una gabardina beis, rostro apenas maquillado, el pelo recogido en una coleta, un colgante de oro con forma de corazón y un café entre las manos. Parece una más de las profesionales que circulan esa mañana por una de las sedes de Soho House en Londres, el club internacional en el que la hemos citado, donde esa mañana se cruzan publicistas con jóvenes diseñadores y creativos de toda índole. Ardern da la mano con firmeza y con esa sonrisa amplia, franca y luminosa que se convirtió en uno de los símbolos de la jacindamanía que la elevó a icono global.






