La UE ha reaccionado a las amenazas sobre Groenlandia mezclando su poder blando con un miligramo de aparente poder duro
Si el mejor amigo te invade, o amenaza con invadirte armas en mano, es ya tu enemigo. Eso ha descubierto Europa (la UE, más Reino Unido, Noruega…) en el acoso de Trump a Groenlandia. Algo que jamás hizo China, y solo en parte Rusia (casi nunca amiga) con Ucrania (que no es la UE, aunque casi). El drama familiar occidental deviene parteaguas histórico para la alianza atlántica (con minúsculas) y su plasmación, la OTAN. Una ruptura, hasta sentimental, estrepitosa. De efectos duraderos. O sea, total o parcialmente irreversibles.
Porque la amenaza hendía su supervivencia, la UE ha reaccionado, activando una nueva arma, quizá sin plena conciencia de su valor, a imagen de la honda del pastor David contra el gigante Goliat. Es minimalista (el envío de cuatro barquitos, unas docenas de soldados), admite burlas del tipo de la fuerza bruta, pero, de efecto contundente, desdibuja su hegemonía incontestada.
Hoy, David va ganando. Se garantiza la soberanía danesa sobre la isla. Y la integridad territorial de Dinamarca. Y el derecho de autodeterminación isleña, no decorativo, sino evocador de que una anexión sería casus belli. Washington retira el “castigo” arancelario contra los rebeldes que enviaron uniformados. Y se le otorga lo que ya tenía: margen para acrecer su influencia militar y estratégica. Usará su espacio, poseerá usos. Pero no adquirirá su propiedad.







