El sector nacional se adapta a las nuevas demandas y modelos internacionales para atraer la inversión de los grandes presupuestos

Casi sesenta años separan los rodajes de El bueno, el feo y el malo y Los cuatro fantásticos: primeros pasos en España. De los desiertos de Almería a un centro comercial abandonado en Oviedo convertido en sede de Naciones Unidas, el país ha profesionalizado su producción audiovisual que compite de tú a tú con los platós de Hollywood. El sector ha sabido aprovecharse del tsunami de contenidos desencadenado por la pandemia y del tirón de las plataformas de streaming que han llevado a las series patrias a la viralización global.

Aunque en 2026 continuarán los ingresos récord, el nivel de producción ha empezado a remitir por el cansancio de unos usuarios saturados ante catálogos gigantescos y estrenos continuos. Se suma el desafío de la progresiva concentración del sector, con grandes productoras absorbidas por nuevos gigantes —como la compra de Warner por Netflix—, lo que ha reducido las puertas a las que acudir para colocar una película o serie.

Pero el modelo de ingresos ha cambiado de forma estructural: la dependencia de las plataformas es ya dominante y la taquilla ha perdido protagonismo. Las suscripciones híbridas con publicidad han entrado en el mix y la competencia se ha vuelto global con India y China rivalizando con EE UU. Los rodajes buscan localizaciones más baratas, y los países luchan para atraer rodajes de blockbusters. En este contexto, el atractivo español conquista a los estudios por un esquema fiscal con alta seguridad jurídica, fácil monetización, escenarios naturales variados, infraestructuras de transporte y hoteleras y una buena capacidad técnica. Ya no solo hay platós, ahora hay industria.