Helado de té matcha, pistacho o nata montada son algunos de los aromas que inundan la nueva perfumería

Se dice que el olor a bollería recién horneada es unos de los más reconfortantes que existen y es posible que el guiso que nos recuerda al hogar sea uno de los aromas más preciados en nuestra memoria. Sin embargo, es raro que queramos perfumarnos con ninguno de ellos. O, por lo menos, lo era hasta hace muy poco....

Hoy, la perfumería apuesta más que nunca por los perfumes llamados gourmand, es decir, “los que conjuran lo comestible”, según define Claire Bunschoten en la Encyclopedia of Smell History and Heritage. Su auge comenzó en los años 90, en concreto, con un icono de la perfumería: Angel, de Thierry Mugler, una fragancia con notas a algodón de azúcar, frutas tropicales, vainilla y haba tonka, confeccionada por Olivier Cresp e Yves de Chiris con las indicaciones de crear algo que hiciera la boca agua y que evocara los recuerdos infantiles de ir a una feria y comer dulces. Veinte años más tarde, en 2012, el superventas protagonizado por Julia Roberts, La Vie Est Belle, confirmaría una vez más el gusto por un perfume floral, afrutado y azucarado.

El perfumista y tendero Oriol Montañés, de la barcelonesa Les Topettes, detecta ese incremento de perfumes gourmand en el mercado desde hace unos diez años. “En 2015, Maison Kurkdjan sacó al mercado Baccarat Rouge, un perfume donde predominan unas potentes notas de etilmaltol, usadas para simular el caramelo quemado. Poco después, apareció Bianco Latte, de Giardini di Toscana, un perfume marcadamente dulce como pocos ha habido antes”, señala. A su parecer, son más adecuados para el tiempo frío y cree que es posible que respondan al gusto de una generación.