En los obituarios se ha elevado a Cecilia Giménez a icono de la modernidad, y sin duda lo es, pero se escabulle que sufrió una gran humillación colectiva

Despedimos el año con la muerte de Cecilia Giménez, la aragonesa que a los 81 años se convirtió en el hazmerreír de medio mundo por retocar, con permiso del párroco, el Ecce Homo del santuario de su pueblo, un mural del siglo XIX de escaso valor artístico que se encontraba en mal estado de conservación. Pongámonos por un momento en el lugar de una mujer mayor y anónima, un ama de casa devota...

y aficionada a la pintura que vive en una localidad de 5.000 habitantes cuidando de un hijo con parálisis cerebral —el otro, enfermo de distrofia muscular degenerativa, ya había fallecido—, y que se convierte en una de las primeras víctimas globales de la viralidad. Cuando se encerró en casa, abrumada por la repercusión de sus actos, los vecinos le llenaron el patio de flores. Cecilia no llevó bien la fama súbita y cruel que sufrió. El pueblo explotó lo ocurrido, y llegaron a organizarse vuelos directos desde Londres para visitar la obra. El fenómeno era nuevo e inaudito, mundial y explosivo. Cambió la escala: jamás tantas personas pudieron reírse a la vez de una sola. En los obituarios se ha elevado a Cecilia a icono de la modernidad, y sin duda lo es, pero se escabulle el hecho esencial de que sufrió una gran humillación colectiva. Esto ocurrió en 2012, cuando empezamos a entender que internet también conectaba nuestro lado oscuro. Después comprobamos que la crueldad era muy contagiosa en las redes, porque servía para conseguir atención, dinero, poder, estatus. Nos mantenía enganchados.