Tras unos segundos de drama, somos capaces de escuchar los cuatros y las campanadas con el consiguiente chillido tras el que lloramos, nos besamos y nos fotografiamos
O. tiene como mucho cuatro años. Lleva pajarita roja y camisa con dibujos del mismo color y le rodean sus padres, tíos, primos y abuelos. Antes de empezar con el primer plato de la cena, delante de él le colocan un iPad cuya pantalla es mayor que la cabeza de O., que permanecerá viendo vídeos de personas que chillan vestidas de Papá y Mamá Noel durante casi tres horas. Por supuesto, con el sonido bien alto, que parece no afectar a sus familiares. Sus padres se tensan durante unos segundos porque quieren evitar a toda costa que el niño se manche y termine 2025 con lamparones. La prima de O., en plena preadolescencia, lleva un vestido de lentejuelas, una melena rubia larguísima y se peleará co...
n su madre por estar demasiado pendiente de otra pantalla, en este caso la de su teléfono móvil.
A apenas metro y medio de distancia, una pareja de ancianos luce pimpante en la última noche del año. Los acompaña su hija, que rondará los 60 años, con más cara de resignación que de ira, no digamos de fiesta. Hablan poco, apenas un puñado de palabras entre plato y plato. La hija va muchas veces al aseo, a veces sola y a veces acompaña a cada uno de sus progenitores. Echa mano al bolso, donde guarda el teléfono, y solo sonríe cuando ve lo que aparece por la pantalla, como si el jolgorio estuviera a muchos kilómetros de ella y de este parador donde cenamos unas 200 personas.








