La incoherencia de Xavier García Albiol podría reportarle, si existiera, un galardón que la Conferencia Episcopal entregaría para distinguir al mandamás que menos haga para afrontar el desafío de la pobreza y la desigualdad en su territorio

Semanas atrás el representante de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello, concedió una entrevista a La Vanguardia. En ella, tras constatar la falta de apoyos parlamentarios del Gobierno, reclamó que el presidente Sánchez se sometiera a una moción de confianza o que en caso contrario adelantara las elecciones. Fue una intervención de crítica política que levantó suspicacias. Aunque es habitual que los representantes de la Iglesia se involucren en la política, suelen utilizar canales menos llamativos. El anterior Papa, que solía dejarse llevar por las ganas de hablar de todo, en ocasiones puso el acento sobre cuestiones de alarma humanitaria y con ello automáticamente se ganaba el desprecio de algunos representantes políticos que llegaron a desvestirlo de las túnicas del cargo para rebajarle, con desprecio, al apelativo de Ciudadano Bergoglio. El Ciudadano Argüello, sin embargo, tuvo a los pocos días una oportunidad de oro para involucrarse de nuevo, y con motivo, en las visiones políticas de nuestro país. En Badalona, el alcalde logró consumar el desalojo policial de un antiguo instituto abandonado en el que malvivían 400 personas. Lo hizo además con chulería chabacana, convencido de que el rédito electoral de tan grosera medida bien valía pasar un ratito de sonrojo.