La empresa opada ha gastado más de 5.000 millones de dólares en reestructuraciones en tres años antes de ponerse a la venta
No hubo foto junto a Donald Trump como en aquella ceremonia de investidura donde coincidieron los grandes magnates de las tecnológicas más poderosas del mundo. No hay ni confirmación oficial, pero sí tácita por ambas partes: el consejero delegado de Netflix, Ted Sarandos, se reunió con el presidente de Estados Unidos en el mes de noviembre durante una hora en la que ya le adelantó que la
>N roja se iba a lanzar a por Warner Bros. Discovery en una de las grandes operaciones del siglo. Nada más ha trascendido de aquello salvo que el republicano contestó con liberalismo puro, a favor de quien presentara la mejor oferta; y, por parte de los compradores, con una línea muy significativa en el comunicado oficial lanzado la semana pasada: “Esta operación mejorará las capacidades de Netflix en los estudios, permitiendo que la compañía amplíe significativamente su capacidad de producción en Estados Unidos”.
Sarandos puede revestir la adquisición de su gran rival con una de las grandes obsesiones de la Administración Trump desde que tomó de nuevo el Despacho Oval: más empleos para los estadounidenses y mayor producción en suelo local. La suma de Warner supondría ambas cosas a espuertas para Netflix: miles de nuevos puestos de trabajo con nómina en EE UU y hasta 20 veces más de superficie donde rodar sin salir de casa. Si las grandes marcas de la automoción internacionales, desde Toyota a Hyundai, han anunciado fábricas y líneas de ensamblaje en territorio estadounidense; si las farmacéuticas globales se apresuran en anunciar nuevas plantas en la América profunda; y si hasta la mismísima Apple viene con una lista de inversiones made in USA de 100.000 millones, Netflix no va a ser menos.









