En una aldea costera marfileña, los habitantes prohibieron la caza furtiva de simios y transformaron su convivencia con ellos en una palanca de desarrollo comunitario y ecoturismo
Sobre una canoa, el guía turístico León Djirobo, de 58 años, consigue que un gesto ordinario tenga un efecto extraordinario. Arquea su mano junto a la comisura de su labio. De su gesto no salen palabras, sino un sonido similar al de un felino salvaje. Casi al instante el verdor de los manglares del río Nero se llena de pequeñas manchas negras y blancas. Milliardaire, el joven ayudante del guía, deja de remar, mientras una veintena de monos acuden al llamado de Djirobo; un reclamo conocido por varias generaciones. La especie, llamada comúnmente mono de nariz blanca, (de nombre científico Cercopithecus petaurista), se acerca a comer plátanos de la mano del guía con confianza y seguridad.
La región Bas-Sassandra, una de las más turísticas de Costa de Marfil, ha sido víctima de la deforestación masiva y de la acuciante pérdida de biodiversidad que ha sufrido el país desde su independencia en 1960. “Antes aquí había chimpancés, panteras, antílopes y búfalos, pero hoy solo nos quedan los monos. Ahora solo comemos pescado, cangrejo y cigala”, asegura el guía. Los jefes tradicionales de la aldea Nero Mer de la etnia Krou o Klayou, ubicada en las afueras de la ciudad costera de Grand-Béreby, tomaron una decisión sin precedentes en los años noventa: prohibir la caza furtiva y el consumo de mono y dedicarse a preservar casi el único animal que les quedaba.






