A la carencia histórica de infraestructuras científicas y de personal formado, se suma otro problema: el conflicto armado crónico que sacude la región oriental del país
La cuenca del Congo es uno de los últimos pulmones verdes del planeta. Allí se encuentra la segunda mayor selva tropical del mundo, un corredor verde que solo es superado por la Amazonia y que, sin embargo, permanece mucho menos estudiado y, probablemente, igual de amenazado. En el conjunto de países que comparten esta vasta región, la República Democrática del Congo (RDC) alberga el 60%. Una riqueza biológica excepcional que sostiene a miles de comunidades locales y que, a la vez, sufre un proceso silencioso de degradación y fragmentación.
Como ya han señalado distintos investigadores la RDC, al igual que otros muchos países africanos, arrastra una carencia histórica de infraestructuras científicas y de personal formado localmente. Esa ausencia limita las posibilidades de conservación de la inmensa riqueza que atesora el país, a la vez que perpetúa una profunda desigualdad en quién produce el conocimiento y desde dónde se toman las decisiones sobre biodiversidad.
A este déficit estructural se suma otro factor: el conflicto armado crónico que sacude la región oriental del país. Descrito como una “guerra por los recursos”, su origen es mucho más complejo. La violencia que hoy vive el este de la RDC —el conflicto armado más mortífero desde la Segunda Guerra Mundial— es el resultado de un entramado histórico y político que involucra dinámicas locales, regionales e internacionales, que no muestra signos de remitir después de décadas.






