Están rellenas de calabaza y las puedes encontrar en las pastelerías aragonesas todo el otoño. También puedes aprender a hacerlas en casa con esta receta.

El alma para algunos es algo muy profundo, a veces espiritual, que trasciende al cuerpo. En Teruel, el alma es algo mucho más terrenal. Según el Diccionario enciclopédico de la vida rural de Andorra, escrito por Ángel Cañada, “se considera como alma a la pulpa que se obtiene de estos dos tipos de calabaza: la de cabello de ángel y la calabaza naranja”.

Este es el relleno de uno de los dulces más preparados en las casas turolenses, las tortas de alma. Empanadillas de masa de aceite y anís rellenas de cabello de ángel o de compota de calabaza. En su elaboración confluyen dos momentos: la llegada de las calabazas a las huertas aragonesas y el día de Todos los Santos. Hoy, se preparan durante todo el otoño y en muchas pastelerías pueden encontrarse a lo largo de todo el año.

Cuando te enseñan a hacer tortas de alma –que también reciben en otros lugares el nombre de casquetas, empanadonicos o pastissets–, las indicaciones suelen ser algo parecidas a esto: “tú añade un vaso de aceite y otro de anís y vas echando la harina que aguante”. Entiendo que esto puede ser un poco difuso, así que voy a dar las cantidades lo más ajustadas posible. Como en todas las recetas tradicionales, aquí hay mucho de maña y repetición. Pillarle el punto a la masa, cocinar el relleno hasta obtener la textura correcta, hornear las tortas con el tostado perfecto… por suerte, queda mucha calabaza por delante.