A los 87 años, el actor galés repasa su vida en ‘Lo hicimos bien, chico’, donde confiesa que solo ha sido feliz en los últimos tiempos
El director Jonathan Demme fue a verle a Londres, donde Anthony Hopkins actuaba en el teatro, en M. Butterfly. Al acabar la representación de aquel sábado, ambos salieron a cenar. Los dos sabían que aquel guion titulado El silencio de los corderos albergaba algo especial. Ya estaba contratada la coprotagonista, Jodie Foster, y Demme quería a Hopkins para encarnar al villano, Hannibal Lecter. ¿Cómo lo interpretaría? “Como la supercomputadora HAL en 2001, una odisea del espacio. Silencioso e íntimo”, recuerda Hopkins (Port Talbot, Gales, 87 años) en sus recién publicadas memorias Lo hicimos bien, chico (Libros Cúpula, traducción de Eva Raventós). Con aquel thriller, Hopkins, a sus 53 años, devino de actor de prestigio a estrella mundial “y encima para todos fue uno de los mejores rodajes de nuestras vidas”.
Actor superlativo, héroe de la interpretación galesa crecido en las callejuelas de Port Talbot, alcohólico durante décadas y experto en Shakespeare. El mismo Hopkins es consciente de que su carrera contiene numerosos paralelismos con la de Richard Burton (la anterior enumeración sirve para ambos), al que conoció cuando él tenía 15 años y Burton, con 27, ya era popular, aunque no la estrella en que se convirtió posteriormente. Es curioso: ambos siempre se compararon con sus padres, y en algún momento de su vida los dos renegaron de sus progenitores. Burton, porque de él heredó su borrachera sin fin; Hopkins, porque además del alcoholismo, recibió como legado su carácter: “Yo estaba hecho de un material duro. Mi padre era así: sin tonterías, sin imprecisiones”.






