Cuando se debate la capitulación de Ucrania, merece la pena leer la autobiografía de la excanciller para comprender lo que anticipó como nadie
1. Solo estuve una vez cerca de la antigua canciller alemana. No puedo precisar el año, pero calculo que sería a mediados de su segundo mandato, y de lo que me acuerdo es de que era un 8 de marzo. Tampoco puedo explicar cómo, en cierto momento de ese día, me encontré en medio de la comitiva que seguía a Angela Merkel; solo recuerdo que formaba parte de un grupo de mujeres invitadas por el Instituto Goethe de Berlín a un debate sobre el poder emancipador del arte. Debió de ser pura casualidad el que nos uniéramos al grupo que la acompañaba. La señora, con su uniforme de chaqueta llamativa y pantalón negro, iba rodeada por un grupo de hombres fornidos que formaban un semicírculo detrás ...
de ella, y por una maraña de cámaras que se desplazaba hacia atrás precediéndola. Sin embargo, desde donde me habían colocado, noté que el zapato derecho le quedaba suelto.
Angela avanzaba como una estatua, riendo poco, contestando con parsimonia a uno y a otro, erguida y majestuosa sin resultar ofensiva, perfecta en el poder que irradiaba, pero junto al suelo del palacio donde caminaba, el zapato negro la obligaba a arrastrar el pie. Es casi seguro que ella misma, entregada al papel que representaba, no sentiría siquiera la incomodidad, pero yo no dejaba de seguir sus pasos sin poder apartar la mirada. Una estúpida atención a un detalle que me acercó, de repente, a alguien con quien jamás intercambiaría una palabra. Una preocupación insensata por alguien que no la necesitaba, y de necesitarla, no recurriría a mí, más lejos de ella que la estrella de la última galaxia.







