He marcado honrosamente inolvidables gazapos, equivocaciones y despropósitos a lo largo de casi cuatro décadas en lo que hoy es la feria del libro con eñe más grande e importante del planeta

Enfilado una vez más para la FIL de Guadalajara, la gratitud y memoria forman una larga fila. Asistí a la primera edición sobre un ruedo de tierra y bajo una carpa endeble y llego ahora a una modalidad novedosa: iré tan solo por dos días cuando ya sumaba más de una veintena de viajes en los que se me solicitaba presentar 20 libros (ajenos) y participar en un puñado de eventos aledaños. Ahora las canas y sus años imponen que solo voy para presentar novela propia, aunque repito la entrañable oportunidad de asistir a alguna escuela secundaria o preparatoria de Jalisco para intentar contagiar por enésima vez la sana enfermedad de la lectura, la locura de la escritura y repasar el mensaje de que la vida se vive mejor entre libros.

He marcado honrosamente inolvidables gazapos, equivocaciones y despropósitos a lo largo de casi cuatro décadas en lo que hoy es la feria del libro con eñe más grande e importante del planeta. Está la tarde iluminada en la que me tiré un rollazo de presentación para el libro equivocado (ante un autor estupefacto) y con público silente; la noche en la que convencí a 30 incautos que yo era Guillermo del Toro (y firmé casi 20 de sus libros) o el instante inolvidable en el que en uno de los largos pasillos convencí a una distraída lectora jalisciense de que yo era el hijo perdido de Luciano Pavarotti.