El equipo de Flick se regala una jornada soñada con el estreno del nuevo estadio, que quedó inaugurado con un gol de Lewandowsi y un triunfo sin un pero

El barcelonismo se regaló una jornada redonda, como demandan los días históricos, en su vuelta al Camp Nou, que todavía no es el Spotify Camp Nou que se supone será de la misma manera que ha dejado de ser el viejo estadio de 1957 sin dejar de ser el Camp Nou. La afición peregrinó hasta la cancha con la solemnidad de una procesión, consciente del momento, y el equipo respondió con un resultado inequívoco, que siempre pesa más en el recuerdo que el juego, más irregular y favorecido por el Athletic. El club vasco se portó como el convidado perfecto porque le dio categoría al partido como clásico que es de la Liga y como crítico de la praxis del Barça. Los números dicen en cualquier caso que suma 21 derrotas y tres empates en las últimas 24 visitas al feudo del Barcelona.

La generación Montjuïc, la que ha dado fe de vida del Barça en tiempos de una notable excedencia social y también de una redoblada militancia laportista, la misma pandilla de jóvenes de la Masia –la de Lamine Yamal– y de veteranos fichados con palancas –a la cabeza Lewandowski– que causaron admiración por su fútbol vertiginoso, tan voraz como noble, arriesgado en defensa y de presión en ataque, se abrazó entusiasmada al nuevo Camp Nou. El estadio todavía está en construcción, a medio hacer como el propio equipo, ya campeón de Liga y de Copa y, sin embargo, condicionado por las ausencias de jugadores como Pedri y De Jong. Nadie dudó sin embargo de que se trataba del Barcelona de Flick y también del reconstruido viejo Camp Nou.