La segunda parte confirma la comunión de Cynthia Erivo y Ariana Grande con las brujas Elphaba y Glinda, personajes que han hecho absolutamente suyos

En un país gobernado por un casi octogenario con impulsos de niño tenía que ser un musical basado en un mito fundacional como El mago de Oz el que hablase de los peligros de un dirigente embustero y xenófobo cuya presunta magia consiste en manipular la realidad con el poder de las mentiras. Ese musical es Wicked: parte II, que

l="" title="https://elpais.com/cultura/2025-10-02/wicked-el-poder-verde-conquista-espana-con-mucho-brilli-brilli-y-un-mensaje-antifascista.html" data-link-track-dtm=""> cierra el gran espectáculo de su primera parte con una emocionante alegoría política sobre el bien y la verdad y que confirma a Cynthia Erivo y Ariana Grande como las inolvidables Elphaba, la bruja malvada del Oeste, y Glinda, la bruja buena del Sur.

No se puede explicar Estados Unidos ni la historia del cine sin El mago de Oz, clásico de la era dorada de Hollywood basado en un relato de L. Frank Baum en cuyo universo de fantasía confluyen algunos de los grandes géneros americanos, la road movie, el cine musical... A este último lo asociamos a emociones luminosas hasta que de vez en cuando por sus rendijas asoma la oscuridad. Wicked: parte II se sitúa en una tradición de pizpireto taquillazo. Sin embargo, y aunque su apariencia sufra por la apisonadora estética de los musicales de Disney, su resultado final resulta estimulante. En Wicked: parte II la opulenta burbuja de colores funciona como un caballo de Troya capaz de hablarle a un público juvenil no de brujas buenas y brujas malas, sino de la amistad y redención de dos hechiceras —una vilipendiada por su piel verde y otra adorada por su aura rosa— enfrentadas en un país de tintes orwellianos donde reina el control a la disidencia y el poder de la propaganda.