Un mes después del inicio de la tregua impuesta por Trump, hablar de alto el fuego es una exageración

La violencia daña a la víctima, pero difícilmente sale indemne el agresor. A gran escala es un reconocido y terrible motor de la historia, destructora y devoradora de vidas, hasta abocar incluso al genocidio. Causas justas pueden desembocar en un horror insoportable. No hay guerra sin efectos inesperados, a veces contrarios a los buscados. Sucede ahora como ha sucedido siempre. Así nacen naciones y mueren imperios. Así surgen irreconocibles en la posguerra, vencedores y vencidos, cada uno de los contendientes que se enzarzaron en combates a muerte. Y así desaparece el viejo orden y se abren las ventanas a otro nuevo, no siempre mejor.

Tales transformaciones están sucediendo en Oriente Próximo tras dos años de una guerra, ni siquiera acabada, que ambos bandos perciben como existencial, eufemismo para denominar un peligro de exterminio y de desaparición de su nación. De un lado, la Palestina que dirigía Hamás, que quería echar los judíos al mar; y del otro, el Gobierno de Netanyahu, que combate por un Gran Israel imperial sin palestinos. Dos propósitos genocidas, uno derrotado ahora y en retroceso y el otro siempre victorioso y en marcha. Igualados en sus aviesas intenciones, se diferencian en los medios: escasos y descalificados como terroristas los de Hamás, e inmensos y descontrolados los de Netanyahu, bajo el paraguas del dinero, las armas y la diplomacia de Estados Unidos.