La película luce una incorrecta capacidad de observación generacional y, aunque sea puntualmente, la sabe llevar a su historia
La nueva modernidad amorosa es ser un conservador. Las generaciones más jóvenes, como todas las precedentes, se rebelan contra sus mayores. Y qué subversión más punzante que romper con lo anterior en materia sexual y afectiva: abandonar el sexo libre y sin ataduras; huir de la falta de compromiso sentimental; quitarse de la cabeza eso de querer seguir siendo joven a pesar de no tener edad para ello. Y, en consecuencia, decidir casarse a los 21 años con una persona del otro sexo de la que se está profundamente enamorado. En la realidad de la sociedad española de hoy, la tesitura puede no tener maldita la gracia en según qué hogares y círculos, pero en una comedia la tiene, incluso como exager...
ación. Al menos como punto de partida.
En mayor o menor medida, los que ronden la cincuentena, la edad de los protagonistas de Todos los lados de la cama, seguro que se han enfrentado en alguna ocasión a una conversación sobre amor y sexo en la que sus hijos o los amigos de sus hijos parecen estar más cerca de lo que pensaban sus abuelos que de ellos mismos. Como toda generalización, tiene algo de mentira y bastante de verdad, pero la nueva rebeldía juvenil es ser un reaccionario, y no solo en lo político, que también. Así que justo en ese lugar tan sorprendente (y conflictivo, que para algo el cine se basa en el conflicto) se han colocado los autores de esta secuela tardía: 23 años después de la estupenda El otro lado de la cama, un clásico moderno del cine español, y dos décadas de su algo desteñida segunda parte, Los 2 lados de la cama.






