Antes de escribir sus memorias, el rey emérito debería haber pensado en el interés de España y en el de la propia Monarquía

No se puede ser héroe y poeta. Las gestas o se cantan o se protagonizan. Pero el papel de un estadista responsable jamás puede ser ajustar cuentas ni proponer una reconciliación a través de unas memorias. Esto vale para un presidente y es obligado para un rey. Sobre todo, porque el pacto con la historia, en quienes han tenido biografías de...

stacadas, no puede depender del propio testimonio. Lo elegante es que hable la vida y nunca la persona.

La publicación de las memorias de don Juan Carlos constituye una temeridad. Para muchos, el crédito del rey emérito depende de su innegable aportación a la transición democrática. Para otros, los escándalos posteriores empañan el legado juancarlista. Para casi todos ya, su trayectoria siempre será bipolar y solo podrá explicarse a partir de un endiablado claroscuro. Lo malo es que hace ya casi medio siglo de sus mejores méritos y estas memorias vuelven a situar en tiempo presente unas manchas tan injustificables como impropias.

A un rey, la dimensión personal solo debería importarle para inspirar virtud. Su compromiso con la historia, con la nación y con la institución que encarna debería situarse muy por encima de las cuitas humanas y falibles que todos habitamos. Por eso, don Juan Carlos, antes de escribir sus memorias, debería haber pensado en el interés de España y en el de la propia Monarquía. Pues para un monárquico, y es de esperar que quien fue rey lo sea, el futuro de la Corona debería prevalecer por encima de la memoria propia.