La novela finalista del Premio Planeta 2025 está ambientada en la Galicia de posguerra y la autora usa un estilo y una receta típica de la novela comercial sin que convenza el resultado

Hay algo cruel en que los suplementos culturales reseñemos el premio Planeta y su finalista como si se enmarcasen en la literatura, cuando hablamos de novelas que jamás asomarían por aquí en circunstancias normales. Es cruel para esos libros, que nunca quisieron ser lo que no son ―es más, sus autores ni siquiera parecen intuir que un libro pueda ser de otra manera―. Lo e...

s para el reseñista, que tiene que leerlos y, por si eso fuera poco, escribir después lo que todo el mundo sabe de antemano. Y lo es para las lectoras, tanto las que disfrutan con ellos, porque quizá se sientan juzgadas de forma subsidiaria, como las que prestan atención a la crítica literaria y desearían que les ofreciésemos algo más que la obviedad de confirmar que Cuando el viento hable es una cosa tremebunda.

Bueno, déjenme corregirme: en realidad, tampoco hay nada tan especial en Cuando el viento hable, la novela de Ángela Banzas ambientada en Galicia a finales de los cincuenta mediante una receta típica: niños, posguerra, secretos familiares, abuso de poder, un hospital, atmósfera gótica con gárgolas por todas partes, anden o no anden... Se trata de narrativa comercial de nicho, sin más, la misma clase de producto que se produce cada año en abundancia, siempre idéntico a sí mismo, sin permitirse el contagio con otras formas de escritura ni renovar un milímetro sus estrategias, dirigido a un público que exige un entretenimiento conservador aderezado con giros previsibles y clichés lingüísticos de vocación, ejem, poética: las manos se posan, los cuerpos tiemblan o se estremecen, el sueño es reparador y las palabras se musitan, las lágrimas se niegan a caer, las sonrisas se parecen a la tibia luz del sol, las metáforas hablan de espejos rotos en mil pedazos… En particular, me impresionan mucho las cosas curiosísimas que los gritos llegan a hacer en estas páginas: lanzar zarpazos en la atmósfera de las habitaciones, trepar desgarrados en la oscuridad, encasquillarse en las gargantas, cortar el aire caliginoso de la noche…