El transatlántico, en su día un símbolo del poderío británico que contribuyó a derrotar a Hitler, se ha convertido en el escenario predilecto del cine de terror por las historias de fantasmas inventadas con fines comerciales

En 1937, el reconocido periodista estadounidense Paul Gallico, de 40 años, tomó la atrevida decisión de dejar de escribir noticias deportivas para reinventarse y dedicar su vida a lo que le gustaba, la ficción. Acababa de divorciarse de su segunda mujer y, ese año, empezó la incierta nueva etapa personal y profesional dándose el lujo de viajar en primera clase en el RMS Queen Mary, el recién inaugurado transatlántico británico que, a lo largo de unos cuatro días, cubría la ruta entre Nueva York y Southampton (al sur de Inglaterra) y se disputaba el título de buque más rápido del mundo con el francés SS Normandie. Una mañana, en el desayuno, su destino y el del barco quedaron permanent...

emente unidos, mucho más allá del puerto europeo al que se dirigían.

“Al sonido musical de platos, cuchillos, tenedores y copas que chocaban con los bastidores de madera al borde de las mesas se sumó el tenue tintineo de los ornamentos cuando el gran árbol de Navidad, plantado en una tinaja, llena de arena, firmemente atornillada al piso del comedor, empezó a inclinarse peligrosamente. Mucho más escorado de lo que había estado nunca antes, el barco parecía suspendido y daba la impresión de que nunca volvería a equilibrarse”. Gallico no escribió ese párrafo en unas memorias, sino en una de las novelas más célebres del subgénero de catástrofes, La aventura del Poseidón (1969), más popular a raíz de su adaptación cinematográfica de 1972 con Gene Hackman y Ernest Borgnine; parcialmente rodada, de hecho, en el Queen Mary.