El georgiano firma su mejor valoración en Europa (42) para elevar al Barcelona en la casa de Zeljko Obradovic
Sobre el parqué grisáceo del Stark Arena, caldera de bullicio y decibelios en la Belgrado que asoma al sur del Danubio, el Barcelona de Joan Peñarroya llegó al descanso con la extraña sensación de no haber materializado su dominio ante un Partizan que, bajo los aspavientos desesperados de Zeljko Obradovic, deidad del baloncesto europeo, no juega brillante, tampoco bonito, pero se revuelve, y mucho, antes de dejarse llevar en cualquier duelo de Euroliga.
Los ocho puntos de desventaja al intermedio (41-33) no amedrentaron a los azulgranas, que, impulsados por el desempeño de Tornike Shengelia, cristalino en los micrófonos al descanso —“Tenemos que reducir los errores y espabilar en defensa”, advirtió en televisión—, lograron darle la vuelta al encuentro a dos minutos de que concluyera el tercer acto.
Ayudó de igual manera el acierto exterior del volcánico Kevin Punter, puro nervio en su particular regreso a Belgrado, y la concentración bajo el aro, especialmente en defensa, de Willy Hernángomez, venido a menos en el arranque de la temporada, pero útil por momentos para Peñarroya como recurso desde el fondo del banquillo.






